Ayer ocurrió algo maravilloso
en un autobús de camino a casa
un anciano de ochentaynueve
se sienta a mi lado y habla
Al principio preferí seguir leyendo el libro que tenía entre manos, Sin noticias de Gurb, de Eduardo Mendoza, humor en palabras, no me hacía falta en ese momento nada más para que me sacara sonrisas y risas. Poco a poco me fue captando la conversación que el viejo tenía con los vecinos de viaje. Seguí leyendo pero ya no me enteraba de nada así que opté por aplazar la lectura para otro momento.
Advierto que no soy una persona que se pone a hablar con cualquiera en el transporte público, prefiero sinceramente ir pensando en mis cosas sin tener que ser amable y dar conversación a los más mayores... pero este hombre me llamó la atención por lo que decía, aunque casi no se le entendía.
Era pequeño y poca cosa, encorbado y arrugado. Llevaba una gorra de publicidad, que se quitaba y ponía constantemente explicando que se le calentaba la cabeza con el sol. La piel de la nariz aguileña se le arrugaba al aguantar el peso de sus viejas gafas de pasta, con cristales tan gordos como el culo de los vasos. Ojos claros y unas ojeras hinchadas y caídas como las bolsas. Pocos dientes, barba de unos días, bufanda de cuadros y un viejo abrigo, seguro de hacía 20 o 30 años. Le hacía falta un bastón que no llevaba.
Contó historias sobre los lugares por los que pasaba el autobús, un viaje histórico-turístico inspirado en el pasado y en su pasado.
Hizo un monólogo sobre la belleza de la vida, de lo rápido que se va, un día te miras en el espejo y dices "vaya... qué rápido pasa el tiempo, con lo que yo era", de aprovechar la fuerza, la belleza...
De la familia, la educación, hay que educar a los padres para que eduquen a los hijos, y qué razón, hay que decirles que se sienten, que hablen con ellos, que les escuchen y comprendan, que empaticen, y pregunten "qué, hijo mío, cómo te va, qué tal con esa chica" y se abracen y le coja de la mano, cuánta ternura como la suya hace falta en este mundo
Él conoce a muchos, muchos ancianos y ancianas que están solos en la residencia a la que va, y qué pena que estén tristes y solos, sus hijos van a verles, muchos besos, muchos abrazos, pero ahí te quedas, cuando los padres han dado la vida por los hijos. Sus padres murieron en su casa, rodeados de familia y de amor, ojalá fuera siempre así. Le conté que mi abuela murió en mi cama, (desde que se ha ido duermo mejor)
Habló del bien de los hijos, cuando los tengas te darás cuenta de que es lo más importante que hay en la vida, del bien de los padres, hay que quererlos porque nadie te ha dado tanto como ellos, hacerles felices es lo que nos hará felices a nosotros.
Eres muy guapa, bonita, no te creas que no me he fijado, cuando se despedía al acercarse el autobús a su parada. Y sonó tierno y cercano, como si mi propio abuelo me hablara con el cariño que habla a su nieta. Ya fuera del autobús, andando con vacilación, agitó la mano diciendo adiós a los compañeros de viaje y a mí.
No hago conclusiones ni moralejas para quien lo lea.
Sólo me alegro de haber dejado de leer y haber aprovechado esta preciosa oportunidad de escuchar.
Se me han empañado los ojos de lágrimas de ternura... Me has dejado sin palabras con esta entrada.
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